lunes, 3 de agosto de 2009

Historias vida y experiencia en la isla de lemuy


Los velos de la distancia un encuentro con
Juan Andrés Catelican de lemuy
POR: MIGUEL A. CHAPANOFF C.
Hacia un rato que el silencio se había posesionado de la sobremesa. Todos nos limitábamos a mirar el plato de cordero, papas y ají merquen preparado por la Judith. Un aliento de fatalidad recorría todos los rincones de la mesa de Eufemia Mariante Mariante, mujer sola, viuda, nunca volvió a abrir los deseos a un hombre desde aquellos años, cinco años harán, en que los brujos malditos la hicieron viajar por los hospitales de Castro, Ancud, puerto Montt, Valdivia, con su esposo, a cuestas. Fue la enfermedad corta, repentina, fatal, de esas que no dudan en arrebatar hasta la muerte a los hombres jóvenes, a los machos sanos.
Sergio Catelican nunca creyó e los designios del pájaro chucao, visito a los médicos del pueblo sólo para complacer a su señora; pero ella sabía que la dolencia era más que una maldad al resuello, en Valdivia pudo leer un informe que Sergio Jamás supo. Cancera. Y hubo que vender algunas vaquilla, apolcar rápido las papas para la venta del verano, era el intento desesperado por prolongar una presencia, el esposo, el padre.
Un mes después, Eufemia no contiene las lágrimas, se desata entonces aquel llanto de estaciones tan comunes a los asientos traseros de los buses un llanto de silencio, un llanto a solas. El cadáver navegaría por última vez hasta el cementerio de Ichuac. Fue en el bote lleyo que lo cruzaron envuelto en frazadas y choapinos, con la cabeza apoyada en la popa, atravesó desde puerto huicha hasta chulchui, los tres kilómetros restantes los hizo montado en la carrocería de un furgón particular. Entonces era de noche, porque ya había dejado de funcionar el transbordador, y todo el pueblo de Ichuac supo acerca de los rastros de la muerte. Durante varios, la rigidez postrera de Sergio Catelican Catelican, estuvo alojada en el salón de la casa a orillas del estero. Hubo asado y cordero, cazuela de gallina, tortillas, papas cocidas con color, chicha y mucho vino; se bailo corrido, cumbia y vals, llegaron los musicante desde Chonchi; se hizo venir a doña Amanda, la rezadora de Yelqui, para que le echara unos rosarios a favor del difunto: hasta el Alcalde cuentan que vino de Puqueldón a dar el pésame, y todos los miramientos pasaron por el cuerpo del muerto en el velatorio. Todos sabían que aquel fin era obra humana, causa de Arte, laboreo de curiosos, espantos y sortilegios malignos en manos de entendidos, todos lo sabían; por eso que nadie extraño la presencia del pájaro traro sobrevolando las noches que duro la homilía, las luces que cruzaron de cerro a cerro hasta “lo de cesar”, las sombras que espiaban tras las ventanas, los coliguachos que encontraron muertos en las esquinas, los suspiros de las mujeres y la maldiciones de los hombres hundidos en la impotencia.
Ya habían terminado de comer, ahora el sabor lo ocupaba ocupaba el café de higos y pan frío con mantequilla. Seguimos en silencio, aunque no exactamente, doña Eufemia se había estado acordando de su hijo, el yoni, que andaba trabajando para la argentina: siempre le gusto trabajar, nunca le hizo a los estudios ¿ te acuerdas tú, oye jude? Cuéntale acá. Al hombre que le decía a tú hermana… no ve que ella estudio para secretaria y ahora esta trabajando en la municipalidad de Chonchi… no ve que le decía… la desgracia pa grande eso de estar estudiando…¿pa´ que? Estar hueviando un mes pa recibir una caga de plata?; pura desgracia no más… qué, cuanto te dura, si al otro día estay toa empeña y no te quea ni pa comprarte un chicle… en cambio yo me levanto a la hora que quiero, hago lo que quiero, trabajo cuando quiero, y con el trabajo de un día gano más que tú… pa que quiero tener yo más de octavo Básico?..
La Yudith jamás respondió, miro con una sonrisa y volvió a los afanes domésticos… yo la veía secar y echar agua en la chunga de lavado y restregar los paltos con el estropajo, hablaba como para ella, musita algo, supuse que alguna canción, en realidad nunca lo supe, en verdad mañana no supe mucho de nada, solo de los pollos de doña Eufemia llevados por el pihuel y de la epidemia de los chanchos, la peste, que había volteado todos los animales desde Detif hasta Chulchuy. Aquí en la casa habían muerto dos…”…no lo comimos na, porque aunque el veterinario nos dijo que se podía, nosotros no lo comimos na, no ve que como se secan, así se cuecen por dentro y quedan sin sangre por la pura fiebre que les da… si mire abren la boca y les sale vapor, humo, no sé, están cocios, así que por eso nosotros le enterramos allá por el fondo, en l chacra del caballo, pero bien profundos para que no lo encuentre el tiuque, no sé, las gallinas , o el mismo perro de acá, el lasi…” fue la quila, el florecimiento de la quila lo que trajo la desgracia que, como todos los males no vienen solo. Hace tan solo unos días una plaga de ratones de campo cruzo toda la isla, aun podemos ver algunos ahogados por la marea alta en el puerto de Ichuac. El viento caliente del weste, el travesía, quemo la floresta de papas… ya no habrá primerizas en lemuy, abra que esperar hasta febrero, tal vez marzo para que aparezcan las primeras cosechas. Todo se colude, y los hechos no pasan inadvertidos parar Eufemia Mariante, frente a ellos solo la resignación es posible, pues a veces la naturaleza se encarga de situar la vida fuera del dominio humano, entonces las miradas se dirigen hacia el cielo: “…que se le va hacer, estará de dios no más y cuando dios quiere no sirven vacunas, ungüentos ni medicinas… pobre chanchito, yo creo que igual morirá… qué se le va hacer…”
Me levante tarde, como a las 8.30. Tomo una taza de café. Doña Eufemia abrazada a la escoba de quilineja, entre concursos radiales resaluda… y que no se iba a levantar temprano, paré que fue mucha la conversación de la noche, ya que le decía yo que el mate le roba los sueños a los que no están acostumbrados…son las 9:00 creo que iré a tomar unas fotografías al cementerio, luego voy con Rolando a la esquila de ovejas. En la tarde subo donde don Andrés Catelican, Don Chindo...”
Para quienes ven el pueblo de Ichuac desde el camino, lo primero que distingue es la torre de la iglesia, entera de madera, en medios de un plano, una especie de madera de altura que contrasta con ondulación permanente del terreno, en un primer plano no se ven bosques, todo el terreno es limpio. Las casas están organizadas en un patrón de asentamiento que define un borde y eje, el camino que va a Puqueldón; y un centro o punto de convergencia: es el estero, en cuyo centro a unos 1500 metros flotan las balsas de la salmonera Antarfisch. Al lado de la iglesia esta la posta, un poco más allá, hacia Puqueldón, la escuela.
El origen del asentamiento humano en Ichuac al parecer es muy antiguo, algunas crónicas lo mencionan como centro densamente poblado, lugar de evangelización jesuita y escondrijo de soldados desertores de las guerras por la soberanía de Chiloé. A nuestros ojos se nos presentan los rasgos de una cultura borde marina acuñada en el transcurso de los siglos, las casas se amontonan en la hilera que demarca la marea alta a toda prueba, las casas son todas de madera, en el aire, las escalinatas de alerce traído en lancha desde el continente son los únicos objetos que provocan el contacto, definen el acceso aquellas construcciones, que parecieran querer prolongarse en su altura a través de pequeños miradores, casitas sobre la casa, pequeñísimos rasgos de un segundo piso.
Aunque la iglesia no esta en las lomas más altas, la vetusta estructura de alerce y ciprés, pareciera arrastrar a todo el pueblo hacia las alturas. La corona una cruz, y sobre ella, una veleta co la figura de un gallo; dicen que los antiguos le pusieron allí para que diera los repiques de la misa cuando aún la campana de bronce forjada en Alemania no llegaba a Ichuac a bordo del chalupón de los hermanos Andrade, aquello sólo ocurrió en el año 16. a su izquierda, si la observamos desde el frontis, entre unos canelos y matas de arrayán está la cruz que hoy ostentases cinco metros de altura como testigo de su elevación original que sobrepasaba la única torre de la iglesia y que, al cabo de los sucesivos deterioros del tiempo, los temporales de viento sur y humedad, se ha ido paulatinamente achicando, rebajando, se ha caído mas de ocho veces según la memoria de algunos, entonces, los devotos la vuelven a enterrar una y otra vez, hasta que no quede palo que sobresalga desde la tierra.
Por aquellos caminos de la casa Ermita abandonada, hoy cobijo de pavos y gallinas, pudimos ver la figura de Fructuoso Velásquez Vargas, que con sus ochenta y tantos años a cuestas, una fractura en la pierna izquierda y su incansable sombrero de pañolense gris, cumplía con los deberes eclesiásticos para una feligresía cada vez más escasa , llena de mujeres. Por algo era el fiscal de Ichuac, ordenas que recibió con la bendición del mismísimo obispo cuando era soltero, cuando aún la hipertensión y el mal de resuello no existan en su cuerpo. Su esposa, algunos años más joven que él estaba enferma; por eso no podía atender los deberes de la iglesia como hubiese deseado, era mucho el tiempo que perdía “…buscando sanciones, y médicos… pero es enfermedad extraña que nadie tiene conocimiento, razón. Es enfermedad de la cabeza, mareos, en veces como lesa anda, como loca, dolores y puntazos que ya está visto que no tienen ni medicina ni reparación…”. Y así queda la santería diluyéndose entre tardes invernales repletas de ausencia, toda una imaginaria religiosa hecha en madera para endurecer la fe se podría en los azumagamientos de la humedad, la misma que criaba los helechos en el tinglado de alerce de la iglesia, la misma de los ríos, los musgos y los ñadis.
Sentado en los altos de la plantación de de doña Eufemia, hurgo en las grietas en busca de los huevos de treile. A lo lejos un tiuque vigila la osadía de los lobos marino que, a pesar de los disparos, insisten en nadar cabeza arriba hacia las balsas y Smalls de la salmonera. Juan Carlos, el administrador, grita desde la chata que no tiren a matar, no lo escuchan, los guardias matan a dos, otros dos se alejan nadando mar afuera, hacia Chonchi. Ahora bajo un poco, unos 50 metros y ya estoy con Rolando Carcamo, que corre tras los chiporro con un lazo trenzado en cuero, es tiempo de esquila, “de pelar los lanares de la ovejas… a los corderos no, a ellos no se les saca el vellón…” el oficio de esquilador lo aprendió en la Argentina Patagónica…”…allá yo trabajaba en la estancia de uno de los gringos, allá yo era obrero no más, obrero enfardador y allí aprendí yo el trabajo de la esquila, pero no trabajaba en eso yo no ve que soy enfermo de la espalda, de la columna, no resistía todo el día agachado con la maquina y el tijeron… anduve doce años por la Argentina, pero es mucho sacrificio. No pagan mal pero se trabaja todo el día con un descanso al almuerzo y otro en la mañana antes de empezar la faena para darse tiempo de unos mates…” llego hace dos años desde la pampa, y la experiencia se nota, en 10 minutos o menos saca el vellón de una oveja. En está época corresponde la esquila, de cuerpo entero, la de pecho y ojos se hizo en noviembre, hace unos 20 días.
Eufemia Mariante no deja de sacar sus cuentas, qué a como venderá los cueros de cordero y vaca a los comerciantes de Castro que luego lo revenderán a las curtiembres de Osorno; que cuanta lana sale a de dos vellones; que cuantos sacos darán las primerizas; que la peste la va a dejar sin Chanchos. Mientras, se nos ha unido Juan Carlos, el administrador de la Antarfish, agobiado por la muerte de los lobos marinos y la cannon que no deja de obturar con su gran angular dirigiendo a Rolando, traspirándolo todo con el corte de lana…”… y usté don Juan Carlos, que, quiere ganarse otro pasaje a los Estaos uníos con mi modelaje…sáquele foto no más no se que yo no tengo na alma qué…”.
En los hualves de la tierras bajas, en las tembladeras para el lado de chulchuy, lugar lleno de festucas dejadas casi en seco por los pilcanes de fin de año; allí, donde la travesía macho, el viento del este que espanta las cotutas de los quilantares y el tepu crece abrazado unos a otros, vive el xrumaiguen o monito de monte… alimentado de fuego se le puede ver come a la distancia en las noches oscuras para después dormir en el alma de los troncos. Por lo menos así lo contaban, y así se creía.

Iconos de la soledad: el imaginario

¿Y como llego para allá?... a ver, mire…salte acá la tranquilla y se va por la pampa del caballo y de ahí tire pa´rriba por la huerta de las papas…allí arribita, pasando lo sauces, a la vueltecita no más, vive Don Chindo. Pero tenga cuidado, miren que dicen que es brujo el viejo…?. La risas de doña Eufemia se despide entre recomendaciones y saludos, luego se acerca: “…sabe que mejor lo acompaño… no vaya hacer que se me pierda… los del pueblo no están acostumbrados a andar en el monte… Usté debería haber venido con botas, no sé con la lluvia de ayer too pa´rriba quedo hecho hualve, viera usté que el invierno queda todo hecho pura tembladera no más..” subimos ahora un poco más, el barro hace más lenta la caminata, saltamos un cerco de estacas y ya estábamos en otro predio, el campo de Andrés Catelican Catelican, todo cubierto de trigo, alfalfa, avena y papas; desde aquí debe de haber sus doscientos metros hasta la casa, tras ella, en la Cocina-fogón, vive Don Andrés. El no me espera, yo en cambio, tengo la sensación de que lo he esperado desde mucho tiempo, anhelaba el encuentro ;en tanto, hacia el final de la isla, unos negros nubarrones ocultaban el paisaje de media tarde, el viento olía a lluvia, preparaba mi grabadora y ajustaba la abertura de la maquina fotográfica, ambos aparatos no lo utilice, aquella vez, durante el resto de la tarde permanecerían en el bolso kalimar, comprado en Valparaíso…”…don Andrés, como está usté, buenas tardes, soy yo Eufemia, como está … aquí anda un hombre que quiere conocerlo, anda averiguando por cosas de los mayores, los antiguos, el hombre acá andan de Ancud, vienen del pueblo…”. A pesar de la exigua luminosidad de la tarde, los ojos pronto hubieron de acomodarse a la visualidad de u nuevo espacio, acostumbrarse a la visión de los lugares oscuros de la habitación, la picazón y el lagrimeo, estábamos recién en el primer asomo; cuando dona Eufemia se marcha y me deja sólo, creo que en ese momento deseé haberme ido con ella. Don Andrés, sin contestar los saludos ni la breve presentación permanecía acostado en el estardo de luma, al lado del fuego, tosiendo y expulsando flemas, miasmas y efluvios por un larguísimo rato; mientras yo ,parado n la puerta intentando hacerme invisible, sin atreverme a entrar rehuyendo las ansias del encuentro, provocar la fuga.
En el interior, solo visiones, vislumbramientos de imágines, las mías y las de Juan Andrés Catelican Catelican que, ya sentado en el estrado, entre ofrecimientos de cazuela de cordero, preguntas por la vida de la ciudad y el correteo de los pollos, hablaba de visiones, de sus sueños, por mi parte, la irrecordabilidad de los sueños me hace parecer que el olvido se convierta en angustia, retratos visuales de cartón animados interrumpidos por el sonar del reloj despertador. Para Juan Andrés es distinto, el recuerda, y, obedeciendo el mensaje de la tradición de que los sueños se cuentan, se comparten, pero sólo de pasado mediodía, eran como las seis de la tarde, supe que sus sueños fueros tres visiones que debían ser relatadas como disponiendo del tiempo necesario para amalgamar los fragmentos de la almohada, que en realidad era un pellejo de cordero, solo un hueco en el dormir, un hoyo negro, un pozo de la conciencia.
Durante la noche, cuando la oscuridad se roba las presencias humanas retrayéndolas al cobijo de fuego, durante las horas de lluvias eternas, el bosque se tiñe de presencias, constructor de pensamientos, alimañas de los tiempos de oscuridad, en aquellas noches, que para Andrés comienzan a las ocho de la tarde, entre rezos y rosarios y mates, el viejo penetra en otro mundo, iconografía pura de desaparición: el universo de las tumbas, porque sus visones son conversaciones con los muertos, con todo el pueblo de Ichuac muerto, y que a pesar del escepticismos de muchos, siguen su transcurso en un espacio aún ignoto para nosotros. Entonces recibimos el relato como la descripción de un neuma esquizofrénicos, como la sumatoria de temporalidades de una conciencia agrietada por la soledad y el abandono. Dudamos, nos convencemos, asentimos con la cabeza y, de vez en cuando, echamos trozo de tepu a fuego, es que empezamos a sentir frío, y u cierto temor no reconocido nos obliga a pretender la luminosidad en la pastosidad de un lugar oscuro.
El sonido del fuego nos hace presentir cierta compañía, nuevas presencias inundan el ambiente y Juan Andrés Catelican parece hablar para muchos, como si una audiencia numerosa hubiese acudido al relato…”…y yo estuve con la Isaura Remolcoy, la abuela de la filomena, y me contaba de sus cosas, no se, de la vida del pueblo… que el viejo Reinahuel se había casado de nuevo recontaba; entonces cuando me invitan yo le decía que no podía ir, que me disculpara… viejo guiña…! Mire casarse con una mujer joven ¡…bueno, siempre fue así el hombre…¿y que hará?...si debe esta too latigúo el viejo.
Todo era muy confuso, era de noche, me había percatado de ello por la luz que encontraba por las rendijas del tinglado de la elevación poniente, el halo había bajado de tabla hasta desaparecer, además los ruidos, los ruidos de noche tan distintos a los del día, la naturaleza cambia de lenguaje con las horas, y aunque no podía ver el exterior, pues la lluvia nos obligaba a cerrar postigos y puertas, a encerrarnos en el interior de la Cocina-fogón, podíamos perfectamente intuir el afuera.
El fuego tiraba chispas en sonoro chisporroteo que simulaban pequeñas explosiones, era señal de visitar según don Andrés. El humo de madera enmohecida por humedad hacia mi estar insoportable, además fumaba, y la transpiración de un calor húmedo, de fuego mojado, rápidamente se tornaba en escalofríos, tercianas, tiritones…”…alléguese más para este lado, acá el humo no llega tanto… va a terminar como cuelga…”. Cerraba los ojos fuertemente, como para sacar con la presión entre los parpados el dolor de la retina. El fuego seguía ardiendo, en tanto, los silencios se hacían cada vez más largos más extendidos en los márgenes de una conversación interrumpida. Andrés Catelican estaba como ensimismado, sentado frente a mí, recto; parecía atravesar con su mirada semi enceguecida por las cataratas el tinglado de laurel, la huerta, el puerto, los altos de Yelqui, los transbordadores y prolongarse más allá, hacia la Isla Grande, el continente, los espacios indecibles del infinito. A ratos se reía, parecía recordar algo con nostalgia mostrando los escasos dientes acomodados unos y otros en oficio del tiempo en extraños ángulos agudos, agudísimos, que a contra luz, parecían caer directamente bajo la boina vasca de pañolin. Así debió pasar mucho tiempo supongo, en realidad ahora, a la distancia, se hace tremendamente difícil calcularlo; él, sensato, mirando el infinito, con sonrisas a veces, golpeando con su bastón de ciprés el entablado raso de la casa; yo fumaba, intentando averiguar con la mirada el resto del entorno oscurecido:
A mi izquierda pude distinguir la repisa, un mortero de madera con mazo de peña; más arriba, unos clavos de forja; una claridad en la madera, rastros de un retrato. A mi derecha, clavado a unos de los horcones del fogón, una lata de betún café sostenía el mechero; en la misma estaca, clavos en distintos niveles sostenían un par de tetera y los ganchos para las cadenas del collín, que, colgando sobre el fogón, simulaba un techo falso de ramas de arrayán. Frente a mí don Andrés, en su actitud imperturbable, el estrado, unos cueros, unos choapinos de lana cruda de oveja; a sus espaldas, se adivinaba una mesa repleta de objetos imperceptibles. Hacia el otro lado, donde estaba el piso de tablas una mesa y una banca de espigas, y sobre ellas, un pollo y “la Juana Buta” la gata, se disputaban los restos de la cazuela, más allá, tras el horno de cancagua, el vacío de la oscuridad, la nada. No recuerdo en que momento nos quedamos dormidos, o si efectivamente habíamos dormido, estaba algo confundido. Consulte el reloj, eran las 8.15 de la mañana. Al parecer me había arropado con unos chamantos y frazadas que estaban sobre el estrado, sentía cierta dificultad para respirar y me dolía la cabeza. Estaba solo, no vi. Ha don Andrés por ninguna parte, el fuego estaba casi apagado y aún no había dejado de llover. Levantándome pesadamente, me dispuse a picar un poco de leña para calentar agua, no sin ante untarme la cara con agua de la chunga de lavar. La habitación estaba bastante más iluminada que la tarde anterior, entonces pude observar aquellos lugares que hasta hace algunas horas parecían vacíos.
Afuera había dejado de llover, mientras picaba leña pensaba en que si yo habría soñado o no mientras, no me acordaba de nada, de nuevo esa maldita irrecordabilidad, de nuevo la angustia.
Desde el cobertizo de la leña observé los contornos de una geografía modificada por el accionar humano, me preguntaba cómo Andrés, encontrándose sólo podía trabajar todo este terreno… luego supe que la economía domestica funcionaba con tratos a medias con los vecinos y pariente, Don Andrés ponía el terreno, los otros el trabajo y se repartían por igual las ganancias. Un barrial inmenso rodeaba toda la casa, gris, muy gris por la humedad aferrada y los hongos. Pegado a ella, una construcción menor hace las veces de gallinero, junto a este, el cierro de horquilla corona el final de una hilera de estacas de ciprés que dibujan los bordes del trigal.
Como a unos 50 metros, un pozo negro parece flotar entre las matas de cunquillos, a su lado, a unos 10 metros, el techo pajizo del cailizo dibuja una diagonal desde la tierra en busca de altura, es el cobijo de los cerdos, ovejas y vacunos, la bodega para la guarda de herramientas: el gualato, el palde, la prensa de moler manzana, litas, yoles, dornajos y lumas.
“… y usté se me levanto temprano!, buenos días…” buenos días respondo. La figura del viejo se asoma bajo los postigos de la cocina-fogón, ahora puedo verlo mejor, es bastante más alto de cómo lo había visto hacemos fuego, tomamos mate, conversamos de la noche, del dormir, de la lluvia que nos acecha, de Ancud; la vida familiar lo interroga, ahora soy yo el escrutado, desea recordar mi nombre, saber de mi familia y de esa extraña obsesión por la vida de campo, las cosas antiguas, la vida vieja, estéril, inservible, pues eso es lo que a él le parece que corresponda a un antropólogo.
Por su casa también paso la peste de los chanchos…” no comen y están echaos no más…”. Por primera vez me percato de una presencia que siempre estuvo ahí junto al cajón del horno cancagua, es la gallina colorada que, cautiva con la pata amarrada cacarea de mañana…” la tengo amarrada al cajón, la manejo siempre así, porque todavía tiene pollitos chicos, casi de días no más , entonces si la suelto la gallina busca, anda por ahí, busca, escarba y anda lejos, ahí van todos los pollitos, tan chicos que son, son ocho de ésta y seis de la castellana, y por eso que la tengo amarrada al cajón, por los pájaros…”en la otra pala luce un colgajo rojo:”…son trapitos que uno le pone, secretos para que no escarben en la huerta…¡ mira pollito te voy a plantar un palo!, ni creas que voy a esperar que estés creció pa´ ponerte a la olla…”
Describir el interior de la cocina –fogón es como relatar los vericuetos del monte, es un bosque entero metido en espacio de 7X4 metros. Maderas gramíneas, hierbas, tierra, piedras, dispuestas sin orden aparente, ofrecen un espectáculo delirante para quien intenta fotografiarlo con palabras. Puedo normar, es cierto, puede contarle acerca de los pilotes de reble, el mejor material para hundirlo en la tierra, el más durable a falta de luma: enterrado enverdece su corteza endurece y retarda por años el proceso de la putrefacción. Puedo decirle que el forro de tablas es de laurel; que aquí los ensambles le llaman espigas; que los rieles del fogón eran parte de un baúl que algún navegante perdió en el naufragio y que aprecio una mañana del invierno de 1936 en el fango del puerto Ichuac; que el enramado del techo es de arrayán verde; puedo contarle también la historia del horno de cancagua, averiguar e el turbio hollín de la casita de humo; seguir repitiendo infinidades de nombres, funciones, relaciones, explicaciones técnicas; pero lo que no puedo, lo que me resulta indecible, es aquel olor, el hoyo en el tinglado , las figuras que retrata el humo cuando es atravesado por los halos de luz rendijera, la percepción del transcurso del tiempo, la conciencia del entorno exterior que se adquiere desde el interior, las nostalgias materiales de Juan Andrés Catelican Catelican aferradas al imaginario de un hombre que las colma de sentido en un abrazo también imaginario.
Don Andrés contaba que “Esta casa tuvo colaboración de carpinteros muy rápidos, tanto que en ocho días ya la tuvieron pará ya, lista…” aquello representó la fundación de una obra que aún no finaliza, la manera de ver el mundo y de recrearlo, un mundo en el cual el orden aparente de las viviendas de ciudad resultaba completamente inútiles. Aquí no había espacios para adornos o ensayos estéticos para nuestra complacencia; los espacios ya tenían destinos, siendo ocupados por aparatos de subsistencia, utilidad en los rincones, desborde que nos hace parecer que estuviésemos bien en un taller mecánico, una bodega, un galpón de materiales. Tras la puerta de doble hoja, una hilera de clavos de forja, clavados en el forro es el lugar para los aparejos de arreo y monturas: lazos, quijadas, frenos de cabalgadura, cueros de montura, cadenas, cuerdas de quilineja. Cerca, en la esquina opuesta al fogón, una repisa entarugada al tinglado, contiene receptáculos de madera, chungas de lavado, una pipa de roble con agua limpia, jabón, peinetas y un espejo; allí también estaba la antigua navaja gauchera traída desde Río Gallego, ostentaba su cajita de concheperla y mango de ciprés con incrustaciones de pequeñas piedrecillas que dibujaban en sobrerelieve un jinete a caballo con lazo en mano, aquella era la esquina de lavados y ollas con el mortero de ciruelillo entero tallado a mano y la tabla de picar y el combo de avellano para apalear las carnes. Las litas o balais, bandejas tejidas en fibra vegetal para el tostado del trigo o la elección de la semilla estaban apoyadas en el piso, contra la pared, a su lado, un saco de afrechillo y papas molidas para el alimento de los pollos.
Como todo mobiliario había una mesa con patas de ensamble, una banqueta de ciruelillo y un cajón; el resto, cosas arrumbadas, colgadas, esquinadas, arrinconadas, me hacían recordar emporios y pulperías repletos de una cantidad indescriptible de productos: pesazos de caucho, alambres, clavos, cabezas de hachas, ollas, grasa colgando del techo, una botella con chupete de goma para alimentar a los terneros nuevos, y el horno de cancagua.
En el fogón, la tetera ardía casi al rojo, colgada por los ganchos que pendían de las cadenas del collín y las tortilla se cocían entre la grasa de los chicharrones cubiertas por las cenizas… antes, era distinto, porque cuando la esposa de don Andrés estaba, cuando había una familia, el pan se hacía en grandes cantidades, ahora la soledad había trastocado en inútiles ciertos artefactos, enmoheciendo los recuerdos de su uso…”… cuarenta años tiene ese horno, pero yo no lo ocupo desde hace como diez, ahora ahí duermen los pollitos… pero había otro más grande, el horno de peña, todavía está allí su casita, ese era otro uno que ya no se usa… eran de piedras así que se iban colocando una arriba de la otra, hasta aquí, a esa altura más o menos, piedras que uno elegía de playa o río, y se tapaba con otra piedra más plana arriba… para sujetar las piedras se le tiraba un barrito por afuera, barrito que no tiene nombre, barrito no más, pero no cualquier barro, tenía que ser negro, de pura hoja… se colocaba fuera del fogón chilote, en una casita especial que uno le hacía, en él se hacía el pan para el desayuno, las visitas y cosas así, para las trillas grandes, para la maja de manzana, ahí si que se ocupaba harto, eran panes grandes los que salían… y funcionaba a pura leña, uno le echaba unos palitos y los prendía y los dejaba hasta que ya fuera carbón, entonces con la pichana, que es una escobita con ramas verdes de arrayán, se limpiaba, se barría por dentro y allí se ponía a cocer la masa…”.

PALABRAS Y VIAJES

La gata no deja de maullar colgada de la escalera de gato que conduce al soberao, aún no he podido subir, las advertencia de don Juan Andrés de que podía encontrarme con el macuñ, me percata de que no desea mi insistencia. Entonces, casi sin movernos de los estrados del fogón, seguimos una conversación que dejamos que siga su propio curso; el ella no hay metodología, no existe relación en las preguntas, simplemente hablamos, y también callamos. Largos silencios establecen la pausa adecuada para servir el mate, o bien, para abandonarnos cada cual a la deriva de los propios pensamientos, así, muchas veces ensimismados, con la vista fija de cuando en vez atizando el fuego o haciendo un cometario escuálido acerca de la lluvia, los pollitos o el calor, se nos fueron pasando las horas en un dejarse permanecer que no reconocía horario ni tiempo. Entre aquellos silencios, como un intervalo, surge la conversación en la cual, el sujeto supuestamente documentado, altera los papeles y se convierte en sujeto indagador…
“Yo tomaba mate con grapa… lo hubiera ofrecido, pero vienen los huevones y se lo toman todo, por eso ya no tengo… son maldadoso los muchachos de por acá, maldadoso pero no malos… igual me gusta vivir aquí… yo elegí acá para poner mi casa porque acá estuvieron mis padres, mis abuelos, y la puse aquí en este lado de la propiedad porque queda cerca del camino y hay bonita vista, además que se protege sola de los vientos, que son los más fuertes de por acá, el noreste y el travesía… ¿Y tú? ¿Cuál es tu tierra, o sea de nacimiento digo?...”
-Yo nací en Valparaíso, en el puerto, pero hace tiempo que no voy, espero ir luego… allá viven mis padres “allá en Valparaíso donde te fuiste a nacer tú no hay palos verdes hay cerros al lado de la playa pero no hay monte. Eso a mí no me gusta, porque a mí de todas las costumbres antiguas, es la agricultura, tener sus animalitos, vivir acá… yo te cuento porque sé… ¡Oye!”
-¿Si?
-“¿Y ese reloj?”
-¿Qué reloj?”
“Ese reloj grande y que da la hora y que hay arriba en una torre, una casa grande en Valparaíso”
-¿El reloj Turri?
-“Parece, pero como que ya se me fue el nombre… oye… ¿cómo que no cae?... está en el aire arriba de la torre y cuando toca… ¿cómo que no se le sueltan los clavos?, porque son campanas parece las que suenan”.
La verdad es que no se de que reloj me habla… si es el Turri, todavía no cae, además yo creo que allá nada se cae, todo lo que se viene abajo es por temblores o por demoliciones… “mmmm”… las demoliciones… ¿y qué tanto lidia con el humo usté, acaso no está acostumbrado al fogón… a ver si le echa más agua a la pichula corta, a la tetera, para que no se seque?. Así es que anduvo por Valparaíso… ¿Qué lo llevó por allá?... ¿Está bien así de agua?.
“Yo anduve por Valparaíso el 24, anduve yo por Valparaíso, pero no trabajando, pasé no más, me fui solo de acá, a Mejillones iba yo a trabajar en una maestranza de fierros que son como talleres mecánicos. Para calentar el fierro, había que meterlo en unas calderas… ahora quizás como será… ¿Hay ahora fábricas de bencina?... y era una fábrica de barcos la que le hablo y en otra vez de conservas también. Esa era otra de mariscos, allá se comía la macha, eso fue lo único que a mí me extrañó de allá, allá se comía aquí no, para pura carnada y una que otra en alguna cazuela marina, pero no se usaba… oye tú, ¿estás casado? ¿casado?... No, yo soy soltero todavía… y no tengo hijos tampoco…
-“¿Y no piensa en casarse?”
- Sí, a lo mejor algún día me caso, pero por el momento no creo, de repente algunos años más usted me ve casado…
-“¿Cuántos años tienes?”
- Veinticuatro…
-“Pero si ya está en edad de ser hombre casado… yo me casé a los veintisiete, viejo ya, pero na más porque yo no tenía na la casa y mis papás necesitaban ayuda, unas chauchas para su vejez, por eso fui a la aventura del trabajo en el norte… era que ellos eran muy buenos conmigo, porque yo soy criado no más, o sea que me criaron y me crecieron como hijo, pero yo no sé nada de lo que habrán sido mis padres… eso que harán… ahora tengo 88 años y nunca me acordé, nunca supe más bien… no sé. A mí de las costumbres me gusta la agricultura no más, es que en la agricultura uste cría familia, se establece, porque a mí no me gusta esa vida, así como la suya, que anda de allá para acá mirando, anda en ninguna parte por ahí, por acá, tan lejos de su tierra y no volver, así uste nunca va a tener cosa fija… la juventud hay que aprovecharla en producir para una familia; sino qué, uno por uno no más , anda solo, como ningún animal anda en la vida… no, eso no es vida… en cambio yo aquí tuve una familia, ahora ya no, pero tengo mis siembras, bienes, tiene para el año, cría sus chanchos… yo sembraba acá doscientos sacos de papas, tenía sus corderos, que los carneaba y los chanchos que me daban siete latas, diez latas de manteca de dieciochos kilos cada una… compartía con mis amigos, con mis parientes, fiestas religiosas… a mí me gustaba bailar en las que eran fiestas de carneo, para San Juan, porque yo me llamo Juan Andrés Catelicán y el otro apellido igual Catelicán. Se bailaba cueca, foxtrox, vals, conga, cocalecas, un baile del norte que se baila así como de a puñetes con una bailarina…y uste… como me dijo que se llamaba…”
- “Miguel, Miguel Chapanoff…
-“Y cuándo celebra santo…¿ o no celebra?
-No, la verdad es que no. Lo que pasa es que en el norte se ha perdido un poco la tradición de celebrar los santos. Los cumpleaños son mucho más celebrados… la Pascua, el Año Nuevo, esas cosas, bautizos, casamientos.
-Pero no, por lo menos no que yo recuerde… en todo caso yo estoy de santo a fines de septiembre…
-“Así que soltero y sin santo el hombre, debería vivir acá un tiempo… ¿tú vivirías acá?... aprender la pala, el gualato, el arado, la luma… que es un palo así, que tiene la punta de fierro para romper la tierra, para dar vuelta las papas. Cuando uno tiene una huerta chica de papas, el arado no sirve, porque para dar vuelta y devolverse necesita espacio, así que allí se usa, la empuja uste no más con el cuerpo, con la guata… ¿pero no ha visto uste acaso la huerta de trigo?... pero si no me ha contestao na… no importa… yo tampoco viviría en el pueblo”
Aunque no me crea a veces yo también siento lo mismo… la ciudad cansa… pero no sé si sería capaz de adaptar a vivir para siempre en el campo, más que mal, yo me crié en una ciudad, nunca tuve familia ni amigos en el campo, se podría decir que no lo conozco… ¿la madera de esta casa la taló aquí en Lemuy?...
“Yo fui a buscar madera a Cucao para la casa… eran días de viaje… había juntado plata en la Argentina, trabajando a puro tijerón cruzado…pero a mí nunca me gustó Cucao… ¿y a ti?, ¿conoces Cucao?...”
-Sí, lo conozco, estuve un tiempo allá en año 89… me gustó…
-“A mí no, muy lejano, muy feo, muy incómodo… los cacahuanos son medios raros ¿sabes?, medios brujos… pero bueno, yo también soy brujo… ¿crees en los brujos?...”
-¿En los brujos?... ¿Tendría que creer?...
-“Tienes que creer… porque ahí andan, siempre metidos en la vida de uno.
-No son como dicen, que vuelan y se sacan los interiores, que se los vacían y después, cuando dejan de volar se los vuelven a meter… no son así; porque yo digo: ¿cómo van a vaciarse y después integrarse el corazón, los riñones, el hígado… no, así no son… son como uno no más, como yo pué… ¿o acaso yo me vacío pa volar?...”
-Yo no le he visto, pero, ¿por qué no habría de volar?…
-“Te digo que los brujos no vuelan, andan rápido no más… si yo volara, no estaríamos aquí matiando…¿o no?...”
Pero…, haber, por qué no me explica algo más de los brujos para saber, para conocer si alguna vez me encuentro con alguno…
-“Yo no sé na… son cosas que habla la gente y no deben decirse… yo digo no más… ¿y cómo está la vida por allá por Ancud… está más barata, más cara, más fea, más bonita que por acá?... le pregunto porque hay harto campo desocupado todavía, le hablo del pueblo hacia el rio… hay campos que están por ahí tumbaos… porque uste me dijo endenantes que habían campos en otras partes que no los trabajaban, eso… pero por lo menos los irán a maderiar…¡mire!, ¿ve allí a ese pollito?
-¿Cuál?
-Ese que anda ahí, en la olla, ese pollito anda por ahí guachito, ese lo dejó la madre y vive solo ahora… pero dime, parece que hay harta gente del campo que vive en Ancud… ¿pero hay pobreza?... sí, tiene que haberla ¿o no?, en todas partes se ve pobreza hoy en día… yo me rio cuando viene gente de fuera y me dice que si no me pone triste la pobreza que tengo, y yo no porque viva en fogón voy a ser pobre, tengo de todo… pero parece que cuando los años pasan, el hombre se va poniendo cada vez más miserable… uno que ha recorrido bastante lo puede ver…”
-¿Y acaso no me quiso hablar de los brujos?
-“Pero si tu trabajas en cosas antiguas… entonces yo le voy a contar que en el terremoto0 grande yo estaba aquí, en la Isla. Hubo mucho dolor, mucho sufrimiento de la gente que no sabía nada de lo que pasaba… a mí se me cayó la casa… esta era más grande… tenía 10 metros; y también era más ancha… con el terremoto se cayó… no tenía más ventanas si, puerta de hoja no más, el techo era de paja que crece acá…”
-¿Tienen algún nombre que le dan acá?
-“No, paja no más se le llama… ¿Qué acaso no ha andado por allí?. Se crece sola, pero el cunquillo es otro, paja no más se le llama… entonces se hacían ataos y se apaliaban, se amarraba con la misma paja. Para una casa así como esta, había que tener listos como dos mil ataos que eran como de un metro de largo, una brazada, según… uno elegía la paja más larga, esa era la que a uno le servía… ¿Y dónde trabajas tu que preguntas por cosas de los antiguos?... hay tantas cosas que ya ni se usan que ni yo me acuerdo… ahora todo eso ya no sirve, o sea para recordarlo no más, pero ya no sirven…”
-Yo trabajo en un Museo, en el Museo de Ancud.
¿Lo conoce?
-“¿Qué si yo conozco el museo?... tu me tendrás que decir `porque yo nunca he andado en uno, ninguna vez, no tengo idea, ni imaginarlo puedo ya… para mi es lo mismo que na”…


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